lunes, 24 de febrero de 2014

NO SOPORTABA LA INDIFERENCIA DE LO PRÓXIMO

Había comprendido que nadie escucha a nadie, que a nadie le importa gran cosa lo que otro haga, piense o diga. Y se iba. Miraba desde la ventanilla del tren como quien mira un paisaje desconocido, como quien fija por primera vez la vista en un arroyo, en un árbol, en una piedra descubiertos en ese momento.

Pitó el tren e inició la marcha. Atrás iban quedando proyectos no cumplidos, conversaciones inacabadas, ideas no resueltas, familia, amigos, compañeros, paisajes y edificios. Una ciudad pequeña y sin estímulos. La infancia que nunca soñó. Los años intrascendentes en el instituto. Las siempre eficaces y rituales costumbres.

En pocos años había logrado abrir un taller de cerámica y su correspondiente tienda. Con lo que vendía en ella y lo que conseguía colocar en las distintas ferias de la comarca tenía suficiente para vivir. Pero desde hacía poco tiempo había comenzado a realizar piezas nuevas, de diseño sorprendente, muy originales, con las que se sentía muy a gusto. 

Al principio no pasó de ser un juego, una prueba; luego fueron ganando su atención y su tiempo. Con ellas sentía que era él el que se expresaba, como si sus pensamientos más íntimos, sus miedos y sus deseos se estuvieran manifestando a través del barro que con fruición y sin descanso modelaba día tras día. Era algo febril y poderoso. Esencial.

En seguida llegaron algunos comentarios. Apenas perceptibles, pero comentarios al fin y al cabo. No entraban en la naturaleza de su trabajo. Eran simples alusiones al cambio de estilo o al mucho tiempo que le dedicaba. A veces eran preguntas que no esperaban respuesta, palabras que alguien dejaba caer para indicar que, efectivamente, se había dado cuenta del cambio.

No duraron más allá de dos o tres semanas. Rápidamente fueron desapareciendo y el silencio se convirtió en el hábitat en el que componía sus formas. A medida que la costumbre de la indiferencia se extendía, fue creciendo la radicalidad del diseño. Sus composiciones eran cada vez más raras, menos realistas, más imaginativas. Hasta que un día entendió que lo que él hacia no tenía nada que ver con su entorno, y que éste era mudo a cuanto hacía.

Y se fue a donde nadie le conociera. Quería compartir su soledad con el aislamiento. No soportaba la indiferencia de lo próximo. 

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